Virtuosismo y Bravura 05/05/17

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Sinfonía n.° 2 - Ludwig van Beethoven / Burleske, para piano y orquesta - Richard Strauss / Concierto para piano n.°1 - Franz Liszt

Influencias que dejan vestigio: Virtuosismo y Bravura

El cambio de siglo fue una época crucial en la carrera y vida de Ludwig van Beethoven (1770-1827), quien es considerado el gran precursor de la estética del romanticismo en la música.
Solo estoy un poco satisfecho con mis anteriores trabajos. A partir de ahora tomaré un nuevo camino…
Con este sentimiento iniciaba Beethoven el S. XIX, empeñado en realizar un cambio estilístico que no abandonaría por completo la influencia de la tradición que heredó de Haydn y Mozart. Un problema que para entonces marcaba su vida era la pérdida progresiva del oído, que aunque llevaba un buen tiempo ocultando, era una realidad que no podía ignorar más. En 1801 Beethoven decidió hablar del tema con algunos amigos cercanos, como lo dejan ver las cartas escritas a Franz Wegeler, donde menciona que por casi dos años había dejado de atender invitaciones a encuentros sociales, puesto que no estaba dispuesto a declarar que se estaba quedando sordo. Fue un duro golpe a la moral del compositor, quien llegó a contemplar el suicidio ante la perspectiva de perder el oído. A pesar de esto, Beethoven se mantuvo musicalmente activo y en 1802 finalizó su Sinfonía No. 2, una obra de transición entre su etapa temprana y su etapa madura, que llegaría unos años más tarde. En ella se percibe aún una explícita influencia del estilo de Mozart y, especialmente, de Haydn, sin que esto signifique que se trata de un trabajo menor, al contrario, la Segunda es una sinfonía sumamente enérgica y de gran significación para las sinfonías que estaban por venir.

En 1822, Beethoven era ya un hombre retirado en Viena, sordo y olvidado en los medios aristocráticos, más atentos a las óperas de Rossini y otras novedades de la época. En diciembre de ese mismo año, decidió asistir a un recital de piano, donde tuvo su primer encuentro con Franz Liszt (1811-1886), quien debutó ante el público vienés con tan solo once años de edad. A pesar de que Beethoven no gustaba de los niños prodigio, en 1823 volvió a escuchar al joven pianista, y al final del recital decidió acercarse a él y abrazar al futuro gran virtuoso y compositor, cosa poco común en el irascible genio alemán. Este gesto conmovió y marcó al joven Liszt de por vida. Comparado con Mozart por sus habilidades extraordinarias en el teclado, la carrera de Liszt comenzó a crecer a medida que su fama aumentaba, y en 1824 dejó su natal Hungría para mudarse con su familia a París. Los primeros bocetos de su Concierto para piano No. 1 datan de principios de la década de 1830, aunque fue hasta 1848 que el compositor centró su atención en finalizar la obra. En aquel año Liszt se encontraba trabajando en Weimar, Alemania, bajo la tutela de Carlos Alejandro, el Gran Duque de Sajonia, quien era también protector de Wagner. Esta época coincide también con su retiro de las grandes giras como virtuoso del piano, que lo hicieron una figura sumamente popular en toda Europa, una especie de popstar de aquel tiempo. Ahí solía recibir la visita de grandes personalidades, como Berlioz, Wagner y Anton Rubinstein, y de compositores en ciernes, como Grieg y Mahler.

Este retiro marcó el inicio de la etapa en la que Liszt realizó sus mejores composiciones, al menos en lo que a trabajos orquestales se refiere (ya era un prolífico creador de obras para piano). A pesar de haber finalizado el Concierto en 1849, éste fue estrenado hasta 1855, después de una pasar por una profunda revisión en 1853. El estreno de la obra, con el propio Liszt al piano, contó nada menos que con Berlioz como director. El Concierto fue criticado ferozmente cuando se dio a conocer. Es, después de todo, una pieza que mira hacia delante en forma y materiales, y es un buen ejemplo de la técnica cíclica que permite construir una obra alrededor de un tema principal o leitmotiv. Esto ofrece una sensación de cohesión y estabilidad que le da unidad a toda la pieza. Se desvía también de la forma del concierto "convencional" de la época pues consta de cuatro movimientos, más a la manera de una sinfonía, que además se tocan sin pausa.

El rol tan llamativo del triángulo a partir del tercer movimiento del Concierto dio motivo para que los detractores de Liszt, que no eran pocos, ridiculizaran la obra durante años. El más célebre de los críticos musicales en Viena, Eduard Hanslick, lo apodó sarcásticamente el “Concierto para triángulo”, cuando fue estrenado en esta ciudad en 1857. Hoy en día el sobrenombre impuesto por Hanslick no se usa más con sarcasmo, sino con un afecto familiar. Pasados los años, lo cierto es que, como en tantas otras cosas, con esta breve e ingenua aparición del triángulo Liszt sentó un precedente en cuanto al uso de los instrumentos de percusión. El Concierto pasó a establecerse firmemente en el repertorio, y en cuanto a Hanslick, hoy no es más que un capítulo en los libros de historia de la crítica musical.

La influencia de Liszt generó gran impacto en futuros compositores, quienes fueron inspirados para la creación, sobre todo, de poemas sinfónicos (género en el que Liszt fue pionero), entre los que destaca Richard Strauss (1864-1949). Strauss se movió en 1885 a la ciudad de Meiningen para tomar el puesto de director asistente en la orquesta de la corte. Ahí, gracias a una creciente experiencia en el ensamble de obras con piano solista, sintió la inquietud de componer para este tipo de instrumentación. Así, entre 1885 y 1886 escribió una obra llamada Scherzo, para que fuera tocada por su amigo Hans von Bülow, quien la calificó de “intocable”. En efecto, luego de un fallido intento por ensamblar la obra con la orquesta, Strauss decidió descartar su propia obra. Esto se debió más a las limitaciones técnicas de Hans von Bülow como pianista que a la calidad de la composición, lo que quedó demostrado unos años más tarde cuando Eugen d’Albert (un reconocido pianista y amigo de Strauss) conoció el Scherzo y quedó encantado con la obra. El estreno de la obra ocurrió el 21 de junio de 1890 bajo el nombre de Burleske, con la parte solista a cargo de Eugene d’Albert y Strauss como director. En aquel concierto se estrenó también su poema sinfónico Muerte y transfiguración.