Mendelssohn

Paola Ollivier Palet | Tlaqná
MAR. 27 - TEMPO. 1 2025

Elías Op. 70, Mendelssohn

La religión ha regido e inspirado a la música occidental desde sus orígenes. Desde el canto gregoriano que se remonta a la Edad Media, pasando por el organum de la Escuela de Notre Dame de Léonin y Pérotin, hasta los oratorios y misas de grandes compositores. Obras como La Pasión según San Mateo de Bach, la Misa Solemnis de Beethoven, hasta los réquiem, de compositores como Mozart y Fauré, por mencionar algunas, han marcado el pináculo de la divinidad en la música.

Félix Mendelssohn (Hamburgo, 1809 – Leipzig, 1847) colaboró con el pastor protestante Julius Schubring (Dessau, 1806 – 1889), quien escribió el libreto en alemán, para darle vida al oratorio Elías. Ambos seleccionaron y organizaron los textos bíblicos del Antiguo Testamento, principalmente del pasaje 1 y 2 del libro Reyes. Aunque la versión que se interpretó en su estreno en 1846 en Birmingham fue adaptada al inglés por William Bartholomew (Londres, 1793 – 1867).

A través de la música de Mendelssohn, en estrecha relación con el texto, se narra la historia del profeta Elías, quien llegó en un momento de crisis de fe para el pueblo de Israel. El rey Ajab había contraído matrimonio con la princesa fenicia Jezabel, hija de Itobaal, rey de Sión. Esta alianza política fue la causante del quiebre religioso de los israelitas, pues Jezabel introdujo prácticas religiosas extranjeras impulsando el culto al dios Baal. Ajab y Jezabel levantaron altares y monumentos en su nombre, financiaron sus profetas, y emprendieron la persecución de los profetas del “verdadero” Dios de Israel, Yavé.

Este oratorio inicia con la voz de Elías interpretada por el bajo solista, “Vive Yavé, Dios de Israel, a quien yo sirvo: que no habrá en estos años ni rocío ni lluvia sino por mi palabra”, acompañado por los alientos de la orquesta. Tras este decreto, la orquesta toca una obertura que abre paso a la trágica y caótica entrada del coro quien representa al pueblo de Israel-, en una llamada de auxilio al Señor:

¡Ayúdanos, Señor! ¡Ayúdanos, Señor!
¿Acaso quieres destruirnos? ¡Pasó la
siega, concluyó el verano, y no hemos
sido salvados! ¿No estaba por ventura
Yavé en Sión?

 

Abdías, quien es interpretado por el tenor solista, hace su primera aparición interpretando un recitativo en Fa mayor, acompañado por la sección de cuerdas de la orquesta, seguido de un aria en Mi bemol mayor. Como profeta, Abdías le dice al pueblo que abra su corazón para alabar únicamente a Yavé, pues en él encontrarán misericordia. Las tonalidades en las que canta contrastan con el carácter inicial de Re menor.

Esta primera sección termina con la respuesta del coro, en la que expresan el miedo a la ira de su Dios, Yavé, ante la traición, y reconocen la misericordia ante los que le aman y acatan sus mandamientos. Este diálogo coral transita de Do menor a Do mayor, evocando los aspectos contrastantes del carácter de Yavé.

La segunda sección es introducida por un recitativo de la contralto solista, acompañada únicamente por las cuerdas, quien interpreta al ángel mandado por Yavé: “¡Vete de aquí, Elías, vete hacia el oriente y escóndete junto al torrente de Querit! Beberás el agua del torrente…”

El recitativo en Do mayor es alternado por un doble cuarteto en Sol mayor, interpretado por todos los solistas, quienes representan a los ángeles que cuidan de Elías. Al hacer esta transición tonal, la música pasa de representar la misión profética de Elías a la protección angelical.

Tras esta intervención se representa parte del pasaje bíblico en el que Elías llega a Sarepta, lugar donde sucede la primera resurrección encontrada en las escrituras. Este pasaje, introducido por el oboe, es interpretado por la soprano solista y el bajo solista. El primer recitativo de la viuda inicia en la dominante de Mi menor, pero tarda en resolver a la tónica, lo que evoca la angustia ante la enfermedad de su hijo.

La tercera sección encarna el pasaje en el que Ajab convoca al pueblo de Israel al Monte Carmelo, en donde los sacerdotes de Baal y Elías ponen a prueba la divinidad y poder de sus dioses.  Seguido del recitativo de Elías en Mi bemol menor, la orquesta y el coro añaden dramatismo al pasar a la dominante de Mi menor, anunciando el fuego de Yavé consumiendo el holocausto.

Acto seguido, Elías ordena degollar a los sacerdotes de Baal, con un recitativo en la dominante de La menor. El coro contesta con una transición que lleva al aria de Elías, “¿No es su palabra como el fuego?”. El tratamiento armónico y contrapuntístico de Mendelssohn refleja la ira de Dios.

El arioso de la contralto en Mi menor y los recitativos de Abdías y Elías conducen a la última sección de este pasaje. Mientras los dos profetas y el pueblo esperan el milagro que dará fin a la sequía, entra un nuevo personaje. El sirviente de Elías, interpretado por la voz blanca de un niño, canta recitativos en Do mayor, con la misión de anunciar si la lluvia ya ha caído. El niño suele estar ubicado en la parte alta del escenario, para representar cuando el sirviente sube al Monte Carmelo a observar el cielo.

La primera parte del oratorio termina con el coro cantando con un carácter que evoca el poder divino de Yavé:

¡Gracias a ti, Dios, la tierra sedienta es
saciada! Los ríos se alzan y elevan sus
voces. Las olas del mar son enormes y
rugen poderosamente. Pero el Señor
es aún más grande en las alturas.

 

La soprano solista abre la segunda parte del oratorio con un aria en Si menor que modula a Si mayor a través de un recitativo, fungiendo como un canal de comunicación entre lo divino y lo terrenal, al comunicar la palabra de Yavé al pueblo de Israel.

En la segunda sección se representa el pasaje en el que Elías huye al desierto por las amenazas de Jezabel, interpretada por la soprano solista. Su primera aparición se manifiesta con un recitativo ambiguo tonalmente, que insinúa La menor, sin una resolución clara, reforzando el carácter retórico del texto, en contraste con el recitativo de Elías en Sol menor.

El recitativo de Jezabel alterna con el coro, en su diálogo condenan a Elías a la muerte, manteniendo la evasión de una resolución tonal clara, reflejando el carácter débil y manipulable del pueblo. La orquestación contribuye a crear un carácter ominoso y fatídico. Mi mayor se empieza a establecer como dominante hasta afirmar la resolución a La menor con el coro y la orquesta, manifestando que el pueblo se ha rendido a Jezabel y a su religión nuevamente, traicionando a Elías.

Es entonces cuando tiene lugar el aria de Elías, “Basta ya”, en la que expresa su frustración por la traición a la fe de Yavé. Las cuerdas presentan un ritmo con rasgos de marcha fúnebre y un carácter pesado, acompañando el solo de los violoncellos. Al sonar esta melodía es como si el alma de Elías estuviera hablando antes de que él comience su canto.

Tres ángeles se manifiestan ante Elías con un terceto a capella, expresándole consuelo y la protección de Yavé. Frente al carácter fatídico presentado anteriormente, las voces de las sopranos y la contralto evocan un momento etéreo de paz y esperanza. El terceto de los ángeles, al ser el único número plenamente a capella, destaca por ser un pasaje muy íntimo.

Otro ángel acude con un recitativo a indicarle a Elías que debe seguir su camino, caminará cuarenta noches y cuarenta días en el desierto para llegar a Horeb, el monte de Dios. Ante la desesperación de Elías, la contralto interviene con la única aria solista cantada por un ángel:

Yo soy tu consuelo. ¡No desmayes
que soy tu Dios! ¡Yo te doy fuerzas!
¿Quién eres tú para temer a un
hombre mortal? ¿Y para olvidarte de
Yavé, tu creador, quien desplegó los
cielos y fundó la tierra? ¿Quién eres
tú?

 

Las cuerdas y la flauta la acompañan creando una textura contrapuntística de carácter dulce, el coro responde manteniendo el mismo carácter.

La tercera sección abre con un recitativo de Elías pidiendo el consuelo de su Dios. En respuesta a su oración, Yavé se manifiesta ante Elías. Mendelssohn construye un clímax en el que representa la grandeza apocalíptica y la intimidad de este pasaje bíblico, elaborando un diálogo entre la orquesta y el coro:

Vio pasar a Yavé, y un viento
poderoso que rompía los montes
y quebraba las piedras pasó delante
de él, pero Yavé no estaba en el
viento. Vio pasar a Yavé, y la tierra
tembló y el mar rugió, pero Yavé
no estaba en el terremoto. Tras el
terremoto vino un fuego, pero Yavé
no estaba en el fuego. Y tras el fuego
vino un ligero y suave susurro. Y en
el susurro vino Yavé.

 

Ante esta manifestación divina llega el momento de la asunción al cielo de Elías. Los serafines, situados en la cima de la jerarquía angelical, son interpretados por un cuarteto de sopranos y contraltos. Se presentan cantando la alabanza Sanctus, asociada a estos seres divinos en los textos bíblicos. La soprano primera, con una voz etérea y angelical, introduce este canto con una tercera menor en el registro agudo, seguida del resto de las voces.

El coro proclama con un canto profético el instante en el que Elías es llevado al cielo por Yavé en un torbellino, mientras la textura orquestal contribuye a proyectar la magnificencia divina.

 

El aria del tenor funge como transición hacia la última sección, proyectando un carácter solemne y tranquilo, afirmando la culminación de su misión encomendada por Dios:

Entonces los justos brillarán como
el Sol en el reino del Padre. Gozo y
alegría caiga sobre sus cabezas, y que
las penas y angustias salgan de ellas.

 

Hacia el final del oratorio, la orquesta y el coro crean una atmósfera cada vez más celestial. Tras haber comenzado en Re menor y haber transitado entre varias tonalidades, la obra finaliza en Re mayor con un carácter majestuoso.

Félix Mendelssohn articula el discurso musical poniendo de manifiesto el poder absoluto de Dios. Después de transportar a la audiencia a las entrañas de un pasaje bíblico que tuvo lugar miles de años atrás, demuestra que la espiritualidad divina es atemporal.

 

Paola Ollivier Palet
Alumna de la Facultad de Música, Universidad Veracruzana