Mahler

Cristina Marín Ramírez | Tlaqná
OCT. 09/11 - TEMPO. 2 2026

La Quinta sinfonía del compositor y director de orquesta austrobohemio Gustav Mahler (1860–1911) fue compuesta entre 1901 y 1902. La obra se organiza en cinco movimientos, repartidos en tres grandes momentos: así, según la partitura, los dos primeros y los dos últimos están pensados juntos; el tercero constituye por sí mismo la segunda parte. De hecho, pueden presentar, entre ellos, elementos musicales recurrentes, como melodías o tempos que reaparecen en distintos momentos de la obra y que, por su proximidad, pueden percibirse como relacionados. Entrar en la escucha de esta sinfonía supone, entonces, devenir en un espacio sonoro orquestal que alterna, superpone, opone y destruye un número considerable de melodías, de tipos de orquestación —es decir, distintas maneras de repartir y combinar los instrumentos de la orquesta— de ritmos, de caracteres. Por ello, la escucha puede resultar fascinante, pero también desconcertante, ya que nos embarca en una aventura musical de más o menos una hora y quince minutos y que pasa por múltiples expresiones.

Una escucha posible de esta sinfonía podrá hacerse al tratar de encontrar algunos elementos musicales destacados e intentar reencontrarlos y reconocerlos a lo largo de los movimientos, escuchando tanto sus transformaciones como su permanencia. Es así que, el primer movimiento Trauermarsch en lengua alemana —es decir, «marcha fúnebre»— se abre con un solo de trompeta. La partitura indica «In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt» («con paso mesurado. Estricto. Como una procesión»). Su ritmo puede asociarse al de una marcha militar —cuatro mismas notas: tres cortas seguidas de una larga— que poco a poco termina por extenderse a toda la orquesta o por formar un arpeggio (tocar las notas de un acorde de manera sucesiva, como un toque militar de una trompeta). Así, esta melodía característica del solo de trompeta reaparecerá siete veces durante todo el movimiento, en ocasiones de manera casi idéntica, en otras de manera variada. En uno de sus retornos, por ejemplo, ya no es la trompeta quien la presenta, sino los timbales, que adquieren una inesperada función melódica. Si el movimiento llega a momentos paroxísticos, su final aún tiene con qué sorprendernos: después de los sucesivos estallidos orquestales, el solo de trompeta reaparece por última vez, fragmentado, hasta que la flauta toma su relevo sobre un fondo de redoble en el bombo que llena los últimos silencios de este momento. El pizzicato (se pulsa la cuerda con la yema del dedo) final de las cuerdas graves concluye este movimiento en pianissimo («muy dulce», en italiano).

El segundo movimiento empieza en medio de la acción: oponiendo los graves de la orquesta (fagotes, contrafagot, violonchelos y contrabajos) con sus notas tenidas y sus ritmos rápidos a los bloques secos de las trompetas y los violines. La partitura indica «Stürmisch bewegt. Mit grösster Vehemenz» («agitado como una tormenta. Con la mayor vehemencia»). Luego se presentan varias melodías en los violines, con un intervalo inicial ascendente y amplio, mientras que las maderas o los cornos parecen responder y luchar con o en contra de ellas. Esta primera sección de este segundo movimiento desaparece en un rápido gesto de la orquesta hacia los graves, de los cuales solo persiste el redoble de los timbales. Frente a este carácter inestable y enérgico de la primera sección, aparece una segunda que se abre en el vacío orquestal que solo mantiene este redoble de timbales, para dar paso a melodías que parecen infinitas e imperturbables entre los violonchelos y los violines. Se presenta un acompañamiento intermitente entre los vientos, que retoma elementos de la melodía de la primera sección agitada. La orquesta parece así reconstruirse poco a poco hasta recuperar la densidad orquestal de la primera sección. Esta alternancia entre agitación y reconstrucción se mantiene a lo largo del movimiento: el segundo regreso de la segunda sección se hace con una melodía esta vez interpretada por los cornos con un acompañamiento formado por intervenciones breves, separadas, como pequeños golpes o acentos que acompañan la melodía en el cual participa toda la orquesta. Este ciclo binario se interrumpe para presentar otros elementos musicales: un primero entre clarinetes y oboes y que termina en un tutti de la orquesta apoyado por el triángulo. El segundo, que hacia el final del movimiento, se torna en una especie de fanfarria más eufórica en la que las trompetas parecen dirigir el juego orquestal: por primera vez en la sinfonía se abre un espacio de claridad, como un pasaje con gran continuidad, mientras que los otros momentos se presentaban, más bien, inestables, con elementos que se superponían, se solapaban, se remplazaban y desaparecían. Como en el caso del primer movimiento, la orquesta se va diluyendo para dejar una última enunciación de la melodía de la primera sección repartida sucesivamente entre la tuba, los violonchelos y los timbales que enuncian así su última nota. Ellos forman una Klangfarbenmelodie («melodía de colores», es decir, una melodía cuyos fragmentos están repartidos sucesivamente entre diferentes instrumentos de la orquesta).

El tercer movimiento (también segunda parte de la sinfonía) contrasta con la severidad de los dos primeros marcados por el signo del duelo y de la marcha o de la tempestad y de la vehemencia. Aquí Mahler indica «Kräftig, nicht zu schnell», es decir, «enérgico, no demasiado rápido» y el movimiento tiene por título Scherzo: «juego» o «broma», en italiano. Está a tres tiempos y muchas veces no deja de recordarnos los valses de Viena. En este movimiento se encadenan melodías y orquestaciones de varios tipos. Podríamos definir dos secciones A y B que se alternan de la siguiente manera: ABA con una segunda sección mucho más lenta molto moderato («muy moderado»), que empieza en pizzicato de las cuerdas. La sección A comienza las dos veces con un solo de la sección de cornos.

En el cuarto movimiento solo tocan la sección de cuerdas y el arpa, o más bien, nos gustaría decir que cantan. Se trata del Adagietto, el movimiento lento de esta sinfonía indicado en la partitura: «Sehr langsam» («muy lento»). Este movimiento se volvió famoso con la película Muerte en Venecia (1971) del director italiano Luchino Visconti. Aquí todo es calma y tranquilidad. Los violines, a los cuales los violonchelos toman el relevo en ciertos momentos, enuncian una melodía que parece extenderse y moldearse al infinito. Quisiéramos además, que no se acabara nunca. Están acompañados sin malicia, sin ironía, en una continuidad de notas tenidas, arpegios del arpa y pizzicato de los contrabajos. No hay sorpresas, no hay cambios bruscos: asistimos a nuestro simple encantamiento, a un embrujo que nos hace retener la respiración con cada nota que aparece. Esta melodía infinita regresará al final del movimiento aún más lento, ya que los ritmos han sido, en parte, alargados, o quizás seamos nosotros, junto con el compositor, quienes tenemos arrepentimiento de que pronto esta melodía infinita desaparecerá y ya no podremos extasiarnos con ella. En su centro, el movimiento se hace más agitado, (aunque siempre en una cierta retención y belleza), el arpa se silencia también en esta sección central para regresar con el retorno de la melodía inicial. Todo se va disolviendo y muriendo en una caída hacia el silencio.

El último movimiento llama de nuevo a la orquesta completa y se encadena sin pausa al precedente. Aquí asistimos a una explosión de alegría, de metales, de maderas y de temas que parecen brotar de todos los rincones de la orquesta y que se encadenan sin descanso ni pausa. La atención del espectador está abandonada a los caprichos de los elementos musicales múltiples y cambiantes de este movimiento: ¡ahí los oboes!, ¡ahí las trompetas!, ¡no! Finalmente, son los violines los que retienen nuestra atención. El movimiento lleva por título: Rondo Finale, anunciando así la forma: al primer tema escuchado entre diferentes instrumentos de la orquesta a la manera de una Klangfarbenmelodie suceden otras melodías, pero siempre regresa este primer tema. Un rondo designa, en efecto, la organización de una pieza musical que se caracteriza por la alternancia entre una sección que regresa de manera casi idéntica y otras diferentes. Sin embargo, podemos apuntar que el compositor transforma las melodías al cambiarles la orquestación, los ritmos, las notas, lo que hace que nunca estemos seguros si ya las habíamos escuchado o si es una nueva melodía. El movimiento concluye la sinfonía con un tutti que tampoco se toma una pausa para despedirse de nosotros, sino que irrumpe con todo su desbordamiento orquestal. Es tiempo de aplaudir y, sin haber entendido muy bien lo que acabamos de escuchar, soñar con regresar a este momento que hubiéramos querido mantener suspendido y que, sin embargo, se nos ha escapado entre las manos y los oídos.

Buena escucha.

 

Valentin Nierenberger y Cristina Marín